En algunos dibujos de la antigua artillería, incluido el cañón de Milemete, se pueden ver proyectiles en forma de dardo que, seguramente, se utilizaron junto a proyectiles aproximadamente esféricos de hierro forjado que, conforme aumentó el calibre de las piezas, fueron sustituidos por otros de piedra. Éstos, se labraban a pico, clasificándose después mediante unos moldes de hierro o calibradores. Para hacemos una idea de la importancia que alcanzaron, citaré que, en los contratos, se preveía de qué cantera o canteras, a veces situadas bastante alejadas, se debería extraer la piedra.
Aquellos primeros proyectiles recibieron los nombres genéricos de pelotas, bolaños o pellas y, más tarde, el de balas; sin embargo, basándose en una cita de Pulgar, Vigón afirma que las pellas eran artificios incendiarios, aunque también es posible que, al no existir en aquellos tiempos un nombre específico para los proyectiles incendiarios, se utilizara el de pella como nombre genérico, seguido de la correspondiente explicación de sus características.
En cuanto a la artillería menuda, dada la mayor facilidad de construcción, utilizaban pelotas de hierro o plomo y los llamados bodoques, que no eran más que unos dados de hierro emplomado, con una proporción de hierro variable entre 1/6 y 1/3 del peso total.
Las piezas de tiro curvo tales como las bombardas trabuqueras, morteros, pedreros y córtagos, además de los bolaños de piedra, usaron todo tipo de proyectiles, entre los que se incluían los de hierro, sacos llenos de guijarros, artificios incendiarios y las llamadas balas de fuego. Éstas, eran inicialmente unos proyectiles huecos de madera que, antes de 1460, fueron construidos en Italia a base de dos semiesferas de bronce unidas por una faja y dos aros de hierro cruzados; para el encendido de la carga interior, contaban con un orificio en el que era colocado un pedazo de yesca, que se encendía con el propio disparo. Este tipo de balas, al igual que las empleadas en el sitio de Ronda, pueden ser consideradas como las antecesoras de las bombas y granadas posteriores.
El nacimiento de las balas huecas rellenas de pólvora o bombas, como el de tantos otros ingenios, no está nada claro. Así, Mayzeroy y Bardin citan la obra de Valturio (1472) que contiene el dibujo de una pieza similar a un obús, preparado para disparar una esfera de bronce rellena de pólvora, cuya invención se atribuye a un tal Segismundo Malatesta, señor feudal de Rimini, que murió en 1457; para Ríos, las tropas de Alejandro Farnesio fueron las primeras en usarlas, durante el asedio a Watendonck (1588), mientras que otros autores señalan los sitios de Meziéres (1521), Rodas (1522) y Ostende (1602).
Como vemos, es prácticamente imposible conocer los detalles exactos sobre el nacimiento de las bombas. Sin embargo, sabemos que a mediados del siglo XVI ya eran conocidas, aunque su uso no se generalizó hasta el siglo siguiente, cuando los holandeses las emplearon con sus morteros cilíndricos y con recámara.
La denominación de granada se dio a las bombas de menor tamaño, tomando el nombre de las que se utilizaban para lanzar a mano y, al igual que aquéllas, estaban rellenas de pólvora y disponían de un taladro o boquilla para colocar la espoleta. Normalmente, el hueco interior era concéntrico con la superficie externa pero, durante algún tiempo, se hizo excéntrico ya que se pensaba que si en el lado opuesto a la boquilla, se hacía un culote, con la pared de la granada o bomba más gruesa, caería con la boquilla hacia arriba.
En el siglo XVI, los alemanes probaron algunos proyectiles de forma oblonga yojival y, en el XVII, los franceses desarrollaron bombas cilíndricas, que llegaron a ser lanzadas por el príncipe de Condé sobre Lérida en 1647. Una de estas bombas, conservada en el Museo del Ejército de Madrid, pesa 85,355 kg y tiene un diámetro de 31 cm en la base superior y de 29,5 cm en la inferior. A pesar de todo, ninguno de estos proyectiles tuvo aceptación, no pasando de ser meros ensayos, prácticamente, hasta mediados del siglo XIX.
Los sacos llenos de guijarros lanzados con los morteros y demás armas de tiro curvo, pueden considerarse los primeros proyectiles de metralla aplicados a la artillería. Algún tiempo después, su uso se extendió a las piezas de tiro tenso, por el simple procedimiento de cargarlas con piedras, clavos, trozos de hierro, etc. Finalmente, se emplearon balas de arcabuz u otras similares, colocadas en saquitos, racimos, botes de hojalata y planchas de hierro o de zinc, así como en granadas y todo tipo de proyectiles.
Los primeros tiros de metralla, según todos los indicios, los realizó Pedro Navarro durante la batalla de Marignano (1515), utilizando trozos de hierro, piedras, balas de plomo o de tierra cocida, etc. Aunque, en un primer momento, no se emplearon para la artillería de campaña, a partir de entonces, fueron muy útiles en la defensa de brechas.
Dado que el fuego griego y sus múltiples derivados se conocían desde mucho antes, era sólo cuestión de tiempo que acabaran aplicándose a la artillería, formando distintos compuestos, con o sin pólvora. De hecho, como ya hemos visto, en el siglo XV se fabricaron diversos proyectiles incendiarios y balas de fuego que, en los siglos posteriores, acabaron perfeccionándose. Así, parte de las 53 mezclas citadas por Diego de Alava eran para ser lanzadas con artillería. Sirva como ejemplo la descripción de las que denomina balas de fuego: «... Se hacen de diferentes suertes de ellas, unas de alambre y estaño, otras de bronce y estaño y otras de hierro y estaño. Han de ser huecas para que reciban en sí los materiales que luego se dirán. Se tiran con artillería, llenando la mitad de ellas de pólvora fina y la otra mitad con mixtura. También se pueden arrojar con la mano para defender baterías y serán de gran defensa para los que se hallaren cercados. Si el cebador de estas balas se hiciese grande y ellas fuesen tan gruesas que pudiesen entrar dentro algunos arcabucillos, bien cebados, con sus balas y la bala se llenase de pólvora fina, poniendo los fogones de los arcabucillos abajo y en medio de la bala un cañón de caña con sus agujeros para dar fuego a la pólvora, sería grandísimo el estrago que harían en los enemigos, tirados con la artillería, a causa de que la misma pieza encenderá el cañón de la mixtura; de suerte que, cuando lleguen a los escuadrones, el fuego no dejaría de tocar la pólvora fina, que comenzaría a salir fuera y haría que la bala disparase los arcabucillos y que estos matasen gran número de enemigos...
A continuación, expone diversas composiciones para la mixtura que, en el caso de las balas de arcabucillos dentro, debería estar formada por cinco libras de pólvora gruesa, una libra de salitre molido y seis onzas de pez española y barníz en grano, a partes iguales de estos dos materiales.
Otros proyectiles de artillería descritos por Diego de Alava son los dardos que echen gran fuego y que abrasen el lugar donde se hincaren, las balas que queden pegadas donde dieren, las balas que dan mucha luz, para conocer lo que los enemigos hacen, etc., todos ellos basados en la utilización de compuestos incendiarios.
Las llamadas balas rojas, tan tristemente famosas tras el bloqueo de Gibraltar de 1782, eran simples balas calentadas a fragua o en hornillos especiales hasta el rojo cereza o el rojo blanco, que fueron usadas para incendiar los barcos de madera, aunque también se arrojaron contra poblaciones. Generalmente, su invención es atribuida a los polacos, hacia 1577 ó 1580, pero algunos autores creen que los árabes las pudieron emplear ya en el sitio de Algeciras (1342), lo cual, no sería nada extraño si consideramos que César menciona las bolas de arcilla enrojecida que los godos tiraban con hondas, mientras que Vegecio describe los martillos rojos como una especie de saetas, que porque se despiden hechos ascua pegan fuego a todo lo que encuentran.
Hacia finales del siglo XVI y, muy especialmente, en los dos siglos posteriores, aparece una gran variedad de proyectiles que, con algunas mejoras, permanecieron en servicio hasta la introducción de la artillería rayada. Muchos de ellos, eran simples modificaciones de los más antiguos, por lo que existe una cierta confusión, a la hora de diferenciarlos adecuadamente. En consecuencia, para una mayor claridad, veamos separadamente las denominaciones más utilizadas en este campo. Fueron las siguientes:
Por último, no quisiera dejar de citar, aunque sólo a título anecdótico, toda una serie de proyectiles que, si bien, no eran lanzados por piezas de artillería, eran muy similares a algunos de aquéllos e, incluso, en ciertos casos, sirvieron de base para su desarrollo. La mayoría de esos proyectiles se diseñaron para ser tirados con la mano, pudiendo destacarse los siguientes: